EL OCIOSO FELIZ Y DELATOR



Hace dos años (2007), llene y colme con versos de Neruda y Baudelaire las respuestas todas, a las preguntas de mi examen escrito de aplazados del curso de Dº Penal Gral I.

Una simpática compañera, Claudia, a quien por mi carácter acobardado nunca salude ni entable una plática, pero sí, al menos una nota breve de agradecimiento personal.

Con una generosidad “a la peruana”, carente de ética, sugirió a los evaluados que para aprobar , bastaba con llenar los espacios de cada pregunta, no era necesario saber las respuestas, Armaza no las leerá; para un profesor egocéntrico, revisarlas resulta un ejercicio agotador y sin importancia, se limita a colocar “cero” si los campos están vacíos y una azarosa puntuación si el espacio estaba lleno, aunque sospechara que la abrumadora diligencia era encomendada a alguna asistente de oficina o a la propia Claudia.


(*)


Más por curiosidad que por anhelo consciente de aprobar, forcé versos a prosa, desconfiado presentando un examen lleno de poesía, supe luego que aprobé.


Intente ubicar a Armaza, no pude reclamar lo que merecía, no quise perjudicar la gentileza de Claudia; no deseaba aún, no me emociona, ni siento necesidad de aprobar los cursos de la Universidad, me daba igual.


Dos años después (2009) en la segunda edición de la Revista Contranatura, Claudia, la misma compañera risueña y generosa escribe junto a José Carlos (un desconocido para mi), un articulo que describe un lamentable prejuicio, contra la ociosidad que ella misma avalo y que por su obra y gracia estampo un once en mi libreta...
(Continua en el Periodico Mural y en el Blog)
(*)Oso perezoso
Abraham Follano.
Canciller de Contranatura
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LOS INFELICES



La carne humana me gusta desde la vez en que, como todos los domingos, comía donde doña Lucha; ah caray, esto pertenece a otro cuento que aún no termino de comer, digo, de escribir.

I

En el asentamiento humano Villa Amapola no se necesita mucho para ser feliz, hay un caño común para los quinientos invasores, pero sobretodo para el polvo y el sol de medio día. El tiempo sobra en este lugar olvidado del mundo; pues nadie estudia ni trabaja. Que cómo sobreviven, pregúnteles a ellos pues y ya déjeme continuar mi cuento que va quedando bonito.




El tiempo sobra, así que puedes dedicarte a criar perros. Carlucho, mi hermano menor menor, tenía uno, Ryan, en honor a una película que vimos que vendían en la feria de los domingos, Ryan era como una bolita de pelos negros, tanosos y otra vez negros; muy pequeño y no tenía raza, creo que era más pelo que hueso y pellejo. Cuando corría, en realidad levitaba, el viento parecía levantarlo y daba la sensación de correr en el aire.


Comía muy poco, lo cual era una virtud en este lugar de hambre. Carlucho quería ser veterinario, todavía no podíamos decirle que en la Villa no había espacio para sueños.


Un día encontramos a Ryan muerto, bien muerto y atropellado. Carlucho era la personificación de la tragedia, subió a la cima de la invasión y desde ahí empezó a gritar, no lloró, emitió ruidos guturales, no lloró, grito horribles.


No fue fácil consolarlo, pero ayudó el dar cristiana sepultura a Ryan en el huerto, pues nos creyó que renacería en las plantas, y para nuestra sorpresa, apareció de pronto un cedro, creció enorme y, a ratos, cuando hacía viento, parecía correr como Ryan en el aire.

II


Como todos los días, días de hambre, Luchín llegó con cuatro perros bebés, nunca nos dijo de dónde salieron. Que así se llamaban mis hermanitos: Carlucho y Luchín, mi madre: Abstenencia, y yo, yo mi nombre no lo voy a decir por pena. Teníamos que regalarlos o mi madre les daría vuelta, ¿Comprenden? Así que en Villa Amapola iniciamos la cruzada para encontrarles un hogar a los perrunos, al fin Doña Lucha nos recibió dos, muy a pesar de estar seguros que tarde o temprano los cocinaría la vieja endémica.


Mi madre tuvo que aceptar a los otros para felicidad de Luchín, quien sería el dueño, pues Carlucho, tenía suerte de perros para los perros.


Wanda y Thomas les puso Luchín; ella con el tiempo creció enorme, robusta, Thomas a su vez, se quedó flaco y escuálido. A pesar de todo lo que comían, había espacio para ellos en casa. Lo único especial es que ladraban todo el día, de puro placer o para fregar.


Luchín era muy bueno jugando a las bolitas, se iba toda la mañana al arenal, ganaba las que podía a los niños de la Villa Amapola y luego las intercambiaba donde el señor de la tienda por dos o tres panes para sus perros, era su forma de hacer patria en esta tierra de nadie.


De pronto, Luchín notó que Wanda engordaba sobremanera, “mamá mamá Wanda está embarazada” gritaba extasiado, casi como que los hijos fueran a ser suyos. Cuando nacieron, mis hermanitos estaban fuera de casa; mi madre tomó una enorme bolsa que decía plaza vea y fue donde Wanda, examinaba a los bebés uno a uno y en ese orden los metió en esa bolsa, excepto por uno; nunca más volví a ver aquella bolsa, todo el rato quedé callado, silencioso, cómplice. Al volver, no sé de dónde, Luchín observó maravillado al único sobreviviente, se lo mostró a mi madre y esta le dijo que era machito, Tiny, te llamarás Tiny, dijo Luchín. Con el tiempo Wanda, también inconsultamente, despareció.

III

Tiny era coqueto, como todos los perros pequeños, juguetón, hay que decirlo otra vez, coqueto, la niña de los ojos de Luchín y Carlucho, convivían todo el tiempo, Tiny parecía hablarles, contarles su vida a ladridos.


Súbitamente nos dimos cuenta que Tiny no era tan Tiny, sus rasgos femeninos resaltaban, su mirada risueña, así que con el riesgo de ocasionarle un transtorno de personalidad lo rebautizamos como Tyna, si pues, era nena.


Yo no sabía como llamarle, ya me había acostumbrado a Tiny, así que seguí llamándola así y, como era de esperar, mi madre lamentaba que Tiny ahora fuese Tyna.
Los días eran soleados en la Villa Amapola, las noches eran crudas, en ningún momento podías sentirte cómodo con el ambiente y toda la culpa no es del sol o de la luna lunera, sucede que aquí no hay nada, eso es todo. Pero yo tenía algo, tenía a mi Rita, mi andina y dulce Rita, me la llevaba, cada vez que podía, al lago, nos bañábamos calatitos y cuando la tarde florecía comíamos los camotes ahumados que me cocinaba cada vez que nos secuestrábamos. Ah, en la Villa Amapola yo lo tenía todo.


Pero mi Rita me cambió por el hijo del presidente de la Villa, ¿Y yo dónde quedaba? Como nunca, después de eso la Villa Amapola me pareció más vacía y miserable.


Era como naufragar en el lago y nunca alcanzar la orilla, una orilla, una orilla…caminaba a casa, jodido.


“Hermanito, hermanito mira lo que le han hecho”, gritaba Luchín entre sollozos. Al mostrarme a Tiny o Tyna, la cara se me llenó de espanto, tenía la piernita izquierda destrozada, salió a la calle sin que nadie lo notara, inocente, un auto la atropelló, y el infeliz no reparó en quedarse y atenderla, continuó su trayecto, ni se inmutó mientras las perrita se retorcía de dolor en el suelo, la llevaron a casa, Carlucho dijo que cuando sea veterinario la curaría, ambos estaban inconsolables, y yo, ya me había olvidado de Rita.

Joel Huillca "El estenografo"

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JUAN Y TEÓFILA

CARCAUSTO HUMPIRE TALEGA
(fanático de Contranatura)




Recuerdo que mi madre (Teófila se llama, y no es broma), oriunda de Azángaro, cuando tenía sus veinte años, siempre se decía a sí misma que ella se iría del campo y que se casaría con un arequipeño de la ciudad. No quería correr la suerte que corrían sus amigas, que se embarazaban con el primer azangarino que veían. Digamos que mi mamá tenía “las ganas de salir adelante”.

Y en efecto, se vino para Arequipa, o mejor dicho, se escapó; trabajó de empleada en varias casas para hacerse un espacio en la urbe y darse tiempito para encontrar y cortejar a un arequipeño cualquiera. Tuvo que soportar mil y un humillaciones para sobrevivir en la urbe. Y sucedió lo que tanto esperaba, que en una de las tantas fiestas folclóricas a las que concurría en búsqueda de su inca azul, conoció a un tipo bajito, agarradito, chapetón y buena gente. Le pareció más o menos simpático, un tanto arisco y de modales toscos, pero un arequipeño al fin y al cabo. Pues mi madre, ni tonta ni perezosa, empezó a metérsele por los ojos; se acicalaba la blanca blusa, se ajustaba las polleras, dejaba caer sus largas y bonitas trenzas y le sacaba a bailar.


Todo un mozuelo de 19 años, mi padre (que carga el nombre simplón de Juan), que en ese entonces no tenía ningún interés en mi madre porque a él le gustaba otra chica de la fiesta, una tal Dominga, y además porque no la veía muy apetitosa que digamos, no le daba bola. Al parecer, la tal Dominga, que le llevaba cerca de siete años a mi padre, le consideraba un mocoso engreído y no quería nada con él. El despecho de mi padre y algunos vasos de cerveza bebidos hicieron posible que éste vea a mi mamá un poquito más guapa. Mi mamá, después de todo, terminó feliz con el tipo bajito, agarradito, chapetón y buena gente.

Aquella noche, de tanto insinuarse mi mami (no olviden que se hizo unas trenzas preciosas para gustarle a mi papi), los dos dieron rienda suelta a sus bajos (y altos) instintos y, sin comerlo ni beberlo, me fabricaron a mí (sin mucho cuidado por cierto). Pero he aquí que luego de saberse embarazada mi mamá, mi padre, ya con más confianza y un tanto resignado, le tuvo que contar a mi mami, que era nada más y nada menos que paisano suyo, que al igual que ella se había venido a Arequipa para conseguir un mejor futuro, y por ahí, una arequipeña blanconcita. Plop, los dos eran nada menos que vecinos de Puno, mi madre azangarina, y lo que es peor, mi padre huancaneño (del departamento de Huancané), nada más alejado de lo que es un arequipeño de verdad. Qué cosas no.
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