CARTA DESNATURALIZADA



Arequipa 2009, julio 27.

Estimados amigos de Contranatura:

Confieso sin falsa altivez, que me hallo en deshonra conmigo mismo, es mi situación, la de un ave con las alas cortadas, una crisis de inspiración, que me ha llevado a la tétrica condición de aparentar que todo va bien cuando no es así, de la aceptación de una vida menos libre que sabe a frustración en la plenitud de mi alborada juventud, la prueba verídica de lo que acontece y espero sea tan efímera como una gripe convencional, es mirar el reloj y aceptar mi delirio impuntual, demorar dos tercios de un día frívolo para elaborar algo más de cuatro líneas, pocas palabras, que no dicen mucho y que sin embargo me han costado tanto.
Presentir que el talento se puede atrofiar me ha motivado a escribirles, aunque sea con la diligencia de una tortuga anciana, algo, que quisiera no perturbe ni modifique el aliciente compartido, de hacer de Contranatura algo grande y trascendental, aunque ya lo fuese.

Esta carta contiene, lo digo sin muchos rodeos, y para agotar la ansiedad que pudiera provocar en ustedes, queridos amigos, una despedida difícil y al mismo tiempo el amanecer de una nostalgia inevitable que sin voluntad aumenta el tamaño de mi actual desolación.

Antes que el invierno empiece, se acabo mi tiempo de gracia o de ociosidad feliz, tiempo que extraño porque tenía albedrío y podía hacer, aunque suene grosero, lo que me daba "la regalada gana", gana bendita que se traducía en la viciosa lectura de hombres de imaginación sinfín, en la contemplación de una maternal araña tejiendo su red, en cavilar mi realidad y armar utopías del mundo incluso soñándolo en el lecho de mi cama, furtivamente, sin que mi familia se de cuenta, en plena mañana, cuando dormir es una ofensa e insolencia para gente devota al trabajo.

Era entonces una dicha incomprendida, mis padres, que no se dieron tiempo para asimilarlo y mucho menos para interpretarlo, rechazaron mi conducta como se repele la molestia de un parásito. Ultimaron mi buen tiempo con un dilema tan cruel como asesino de ilusiones – ¿O trabajas, o te vas de casa? – peor aún que tuviera que trabajar en algo que vaya acorde con mi carrera, lo cual sin desdeñar el gusto que ustedes le tienen, a mi, me aburre a morir. Para que la pregunta fuese contundente mi madre pidió a mi padre que fuese, él, el portavoz y que yo no tuviese más apelaciones después de mi decisión.

Y fue sinceramente difícil, la época en la que mi padre me la dijo mientras planchaba su pantalón con la plancha en alto y el enojo arrollante. Fue a pocas noches de haber recibido mi libreta del segundo semestre del tercer año, con rol de cursos abandonados y desaprobados, con un estrago económico que casi me hace desmayar cuando lo vi, es muy aventurado y poco creíble dar fe al efecto de gente que sabe tomar represalias, digo mejor del Decano, aunque nadie me quiera creer, o prefieran ser, comprensiblemente, agnósticos a mi caso.

Lo cierto es que asumí una deuda que me privo del sueño y de la pulcritud de la conciencia, el temor a que mis padres se enteraran era como temer la llegada a la muerte. Tenía forzosamente que trabajar para pagar esas deudas que contraje con el objetivo infeliz de volverme a matricular.

De tal modo que arriesgue a perder amigos pidiéndoles que me presten dinero, ofreciendo pagarles tan pronto como pudiese, necesitaba dinero y mi padre que pocas cosas sabe de las que paso, me pedía coincidentemente que trabajara.

Mi cobardía insuperable y que desde no hace poco se ha vuelto un tirano en mis decisiones, no tuvo reparo, en medio de una cólera natural y un histrionismo desmesurado decidí trabajar, sabiendo que eso me iba a hacer desdichado, le iba a dar gusto a mi familia y por enésima vez mi conducta era mediocre.

Una amiga entrañable y muy liberal, Suzeth, luego de contarle lo que me pasaba me dijo con una sinceridad que me hace admirarla, que era “un pobre huevón”, porque no tenía los suficientes huevos para abandonar mi casa, dejar la universidad y hacer lo que me gusta. Tuve que decirle que tenía la razón, que la cobardía en mi puede más, debido a que le tengo un miedo exagerado a la soledad y a la renuncia de las comodidades hogareñas, como tener una pasta dental gratuita, una azotea que puedo sentir como propia, y un baño donde no me siento avergonzado. No soy capaz de asumir el calvario del artista o del poeta, no resisto ni siquiera la imaginación de un día sin pan ni lugar donde dormir.

Que más, el orgullo regreso a mi padre, mi madre volvió a calentarme la comida y a soportarme mejor, trabajo y me pagan, tuve que cortarme el cabello para simular formalidad, tuve que recordar que el brillo de los zapatos demuestran virtud, que las líneas del planchado bien acentuadas del pantalón demuestran disciplina, asumir que los ojos no pueden leer una línea mas después de diez minutos de llegar a casa por las noches, a humedecer la almohada ante la impotencia de no poder leer un libro que espera y que me recuerda que mas infeliz, no puedo ser.

Lo terrible, es darme cuenta que demoré cuatro semanas para leer una novela que
en mi tiempo de gracia lo hubiese hecho tranquilamente en tres días, lo
frustrante es que cincuenta soles que recibo semanalmente por mis prácticas, no
valen el poema que había pensando y prometido a la arañita que engorda
tiernamente cada vez más y que hace su red maravillosamente, no tengo sueños
furtivos, ni artículos para el periódico mural, esto que asoma, queridos
amigos, es el nudo indesatable de mi impotencia a solas.


No soy, un hombre disciplinado para organizar mi tiempo, y darle espacio a todo, soy un ocioso irremediable sujeto a las veleidades de la vida. Me niego a aceptar que la ociosidad, o mejor dicho, "mi ociosidad" sea mala.

Atendiendo a mi falta de tiempo y a mi incapacidad para resolver problemas personales sin crear otros, es que he decidido liberar mis tardes sabatinas y dominicales, ello implica dejar tan admirable grupo de estudios y también mi grupo juvenil católico, al cual renuncie y ya no asisto hace tres semanas, despedida que me hizo caer en una honda tristeza que mis compañeros se dignaron a compartir y a aliviarla de algún modo.

Mi esperanza de felicidad espero puedan caber en esas tardes, aunque parezcan insuficientes, yo quisiera prometer que si algo bueno pudiera sacar de allí lo quisiera dedicar a tan insigne grupo, que no merece menos que mi gratitud.

Esta es la sentencia más triste de mis conflictos juveniles, lo hago para sentirme menos inútil, por motivo humanista y religioso. Se decepciona a la humanidad cuando no se le ha ofrecido obras de sus virtudes, aunque en mi sean escasas. Sospecho además que Dios le niega el cielo, quien a sus talentos no les sumo amor para irradiarlos.

Que la fuerza en virtud
Y el sentimiento del amor.

Sea siempre con todos ustedes.


Abraham Follano.
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SOBRE EL AMOR RUBENNIZADO Y EL HUMANO

Roger Alfonsin Vilca Apaza
Miembro de Contranatura

Rubén ha irrumpido en el periódico mural de Contranatura con lo primero que se le vino a la cabeza, perdón, con lo primero que se le vino al cora-zón, el amor. Y mi escrito, lacónicamente titulado Amor y enamoramiento (y tan torpemente escrito) no ha encontrado mejor destino que sufrir un puñetazo en los genitales. Y, hay que decirlo, Rubén es bueno para esos vapuleos. Y claro, cómo iba a aguantar mi artículo semejante ataque si tan solo se proponía ser una suave mariconada, cuando no algo con qué llenar el periódico mural, cuyo rating aprovecho hoy. En fin, a mi artículo no le quedó otra que ofrecer la otra mejilla. Pero ya que estamos jugando a escribirnos y atacarnos subrepticiamente, cual guerrilleros que tiran la bomba y mueven su base de operaciones, contesto. Contesto que primero nos pongamos de acuerdo sobre las reglas del batalleo. Rubén, hermano, una cosa es aglutinar esfuerzos por entender este sentimiento descomunalmente esquivo (que yo obviamente no he podido hacer) y otra, muy distinta, lo que tú has hecho; echarse al abandono, soltarse la lengua diciendo todo lo que a uno le venga en gana sobre lo que en esos momentos siente que es el amor. Que se te haya subido el corazón a la cabeza no es culpa mía.
Lo que ahora me propongo no es hablar de lo que yo, Roger, siento que es el amor, aunque seguramente no lo podré evitar. Lo que quiero, lejos de lograrlo o no, es empezar a comprender este sentimiento, contando, para ello, con los ademanes sicológicos que hacen prosperar las personas cuando dicen que aman. Y por supuesto que las subjetividades están a la orden del día, pero cuando de teo-rizar se trata hay que saber cuándo conviene desbocarse subjetivamente y cuándo no. Talvez con esto último, Rubén, afines la puntería. Empecemos pues.

Cada que las gentes se proponen hablar de amor empiezan –y terminan– hablando de amores. O lo que es la misma vaina, de conquistas, de enamoramientos, de pro-cesos de seducción. Es una de las más grandes perversiones de nuestra percep-ción, de nuestra moral (y por ello dirás que lamentable), confundir al amor con su patología, con su faceta vulgar (palabra que gustas usar), el enamoramiento. Uno puede aceptar que el amor sea confundido con sentimientos más o menos afines como por ejemplo la lealtad y el cariño, porque al fin y al rabo son sentimientos activos –y desde luego sanos– dado que nacen en almas veraces y viceversa. Pero de ahí a llamar amor al enamoramiento creo que no solo hay grueso error, sino, más peligrosamente, embaucamiento.

Pongamos sobre la mesa (¡sobre el periódico!) la siguiente tosquedad: no hay per-sona en el mundo que no crea que almacena en la caja fuerte de su corazón por lo menos una experiencia erótica. Todas las gentes se creen con el derecho a hablar de amor esgrimiendo la simpleza de que todos los hombres, en mayor o menor medida –y sin más trámite que el gusto y los arrebatos por ser humano cualquiera– tenemos un repertorio de amores, que el amor con ser una cosa tan natural la conocemos –o llegamos a conocer– todos en algún segmento de la vida y en diver-sos niveles de intensidad y calidad. Pero no avergonzados lo suficiente por este desbarro, dicen más. Dicen, por ejemplo, que el amor al tener que ver con las cosas más íntimas del ser humano es un sentimiento nada menos que inescrutable, de modo que el amor vendría a ser cosa imposible de nombrar y explicar. Así, se hablará de amor en cada caso y cada amor valdrá lo suyo y nadie tendrá derecho a juzgar si tal o cual sentimiento que se tiene por amor es efectivamente amor. Esta serie de “cautelas” azuzan mi atención porque me dicen que si hay mucha preocupación por el hecho de que exista alguien que pueda descubrir dónde hay amor y dónde no lo hay pueda ser también motivo para calatear el “perfil psicológico” de los hombres (y de las mujeres, faltaba más).

Si aceptásemos como verdadera esta idea de la mayoría, según la cual el conoci-miento del amor es imposible a la visión atenta, de modo que el que quiera expli-carla cae irremediablemente en subjetividades, caeríamos en el conformismo de encoger los hombros y seguir hablando del amor según lo que a cada quién le pa-rezca. Llegaríamos al punto de abandonar al amor como tema de discusión. No quiero decir que el amor tenga sus leyes que hay que descubrir cual galileos ro-mánticos, pero creo (discúlpame por creer), pero creo, repito, que hay que empe-zar tamaña jornada, porque, de lo contrario, el amor seguirá siendo el tema de conversación más aburrido de nuestras tertulias. Ya no estamos para repetir frases tan gastadas como esa que dice que el amor es muy subjetivo, que cada quien ama a su manera y como quiere. De lo que se trata es de plantear una nueva lógica, de estudiar el haz de conductas de las personas que se entregan sentimentalmente a otro ser (¿podemos incluir aquí a cualquier animal aparte del hombre?). Que una persona tenga ganas irremediables de hacerle el amor a una gallina puede llamar la atención, pero debe ser una ocasión para estudiar el amor, como se estudia sen-timientos tan peliagudos como el resentimiento, el odio, la venganza, etc. Y esto nada tiene que ver con el hecho de hacer un manual de cómo amar. Pero digá-moslo de una buena vez: el encamotamiento es un estado inferior del espíritu, una especie de achicamiento mental. He aquí algunas razones…

(Espero que esto continúe…, todo depende de Rubén, vapuleador por excelencia y vocero del marxismo a tiempo completo.)
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SOBRE EL AMOR DIOSIFICADO Y EL HUMANO

Rubén Patricio Vásquez Sandoval




[1]La presente no pretende de ninguna manera conceptualizar el amor, ni sus fases, ni sus procesos; sería pretender torturar el sentimiento de distintas personas con groseras letras en forma de esquema inquisidor y a manera de un manual de cómo amar, tal ambición es la función de esos dioses de la civilización, que nos prometen una reivindicación, en la vida tras la muerte y que sólo logran despojar de intensidad a este presente, de por sí ya bastante ridículo, y logra además, para quién aún no se ha individualizado por completo - por alguna extraña insania - frustrarlo. Este escrito, sólo pretende un desahogo interior, una concepción subjetiva de amor para dar a conocer y, sí, tratar de mermar en esa moción de amar con fechas, fases, valores y tantos atisbos que sólo aletargan un sentimiento y lo vulgariza; tal vez al único sentir, que nos humaniza positivamente.

No pretendo ser un ente objetivo y superior que pueda decir cuando alguien realmente ama, cuándo alguien realmente está enamorado, y sus diferencias con una atracción o un gusto; y cuándo un querer no es ni uno ni otro de los mencionados anteriormente. Ésta no será una más de las conversaciones que inútil y graciosamente intentan esbozar la fórmula secreta del amor, y termino el preludio citando unos versos de algún poema perdido en la telaraña virtual: Mírame soy humano, no un dios de esos que tanto admiras, soy sólo hombre y nada más. No invirtamos los versos[2] cuando tratamos de decir cómo amar; por favor, esa mangancia no más.

El amor puede iniciar en una mirada, en una tímida presentación, en un sórdido incidente, después de una larga amistad o en desamores que se unen crepuscularmente o de infinitas formas más. Puede iniciar con perfección siniestra, puede iniciar con imperfección alentadora o a la inversa adjetiva, pero cómo puedo pretender desautorizar al amor porque no empezó en una forma preestablecida. El amor puede tener la pureza más escalofriante o el desenfreno más plausible, los amantes pueden darle la forma que quieran y los comentarios descalificadotes serán sólo la constitución de la represión y envidia interna de un determinismo desconocido y contra el cual nunca se luchó.

En un proceso amoroso puede y debe haber locura perpetua, también debe haber una madurez intensa, y ni la madurez ni la locura desacreditan el amor en una simple ilusión o en una burda rutina. Se busca la felicidad de la otra persona, tal vez en una forma de amor elevado, y se busca esta felicidad así sea amputándose de la vida del ser amado. El amor es una intensa lucha entre el odio y la mansedumbre, el amor es un control y una confianza pacificadora o tal vez sea el amor un poema eterno y una lágrima sostenida en la perpetuidad. Y realmente en un amor la compatibilidad se hace incompatibilidad... y mil y un veces más... “y a la inversa”; en estos amores, felizmente humanos, no hay regla de conveniencia, ni regla de tiempo, ni regla de destiempo, no hay regla ideológica, no hay edad establecida, ni momento oportuno; sólo hay canciones, mensajes, más arte, y acciones que lo edifican desde el alma (entiéndase como conjunto de sentimientos de una persona), alguien dijo: el amor no se declara, se prueba.

En el amor puede no haber talento, pero puede haber un exceso en un permiso; puede no haber un poema pero puede haber una sonrisa que cuando es visualizada hace desparecer un día casi completo de desavenencias; puede no haber fidelidad, puede no haber idealización, puede no haber tacto, puede no haber compasión, puede no haber comprensión pero sí habrá un perdón sincero y dilapidador de un amor, digámosle, diosificado, habrá un perdón humano y una reflexión eterna y sellada en los corazones amantes.

Y qué siento por amor: siento que el amor verdadero es esa sensación que marca en tu vida un antes y un después imborrable, siento que el amor es esa capacidad de crearlo una, dos e infinitas veces más... el amor está en la sonrisa de la persona amada, en la forma en que su cuerpo se acopla con el mío, el amor está en cada canción romántica que desesperadamente me escribe su nombre en la dirección que vea o en la imaginación que como mala puerta de escape genero, el amor está en el pensar constante que ineludiblemente me exhorta su figura; en este amor el silencio es mi perfecto testigo. El amor está en sus cartas y en las mías, está en nuestros secretos; en nuestra ira y en nuestra pasión, el amor es su recuerdo melancólico en algún bar, es ese nudo en la garganta al escuchar nuestras melodías.

Mi amor está en donde ella quiere que esté y es lo que ella quieres que sea. El amor es, desde mi perspectiva total e irremediablemente ínfima, el que yo esté aquí invocando su nombre otra vez; recordando cada momento que vivimos y guardándolo como el tesoro más maravilloso de mi vida y siendo a la vez mi válvula de oxígeno para continuar y es el que esté queriendo hacer cada recuerdo suyo, mi presente y mi futuro otra vez.

El único amor, no muere; ni con la muerte misma y aquí me tienen, fiel paladín de esta consigna.[3]

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[1] Este artículo, en cuanto a especificidades, es contexto de un sueño; coincidencias vienen y no.

[2] La inversión quedaría de la siguiente forma: Mírame soy Dios, no uno de esos humanos que tanto desprecio, soy un Dios y mi palabra es la verdad.

[3] Es neurálgico decir que sólo está dicho esto en un grado de elementalidad máxima y que el actuar inconsecuente o consecuente es producto de la ordinaria humanidad que me atraviesa de pies a cabeza.

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AMOR Y ENAMORAMIENTO

Roger Vilca Apaza
Integrante de Contranatura

Tengo para mí que amor y enamoramiento son sentimientos excluyentes, que no pueden tolerarse en ningún punto. Desde otra perspectiva don José Ortega y Gasset ha dicho que el enamoramiento es un estadio del proceso amoroso, que todo amor al empezar o para empezar tiene que pasar por la “zona frenética” del enamoramiento y que existe enamoramiento al cual no sigue auténtico amor. Al parecer, según esto, enamoramiento y amor sólo discrepan, en el mejor de los casos, de grado, esto es, que el amor tiene como primera fase ineludible al enamoramiento, más exactamente, a su zona frenética.

Me permito discrepar, aunque éste no sea el lugar adecuado, no sin el riesgo de caer en el ridículo. Ciertamente don José Ortega yerra, no ha mirado bien, cosa inusual en él. Justamente es el carácter del primer entusiasmo sentimental lo que marca la calidad de éste. El lenguaje coloquial ha dicho con precisión “lo que mal empieza mal acaba”. Si este primer movimiento del corazón es “frenético” nos anuncia, sin necesidad de pericia, que es un sentimiento vulgar, que es enamoramiento de principio a fin. Las almas frenéticas, esto es, violentas y prestas a la perturbación y al delirio, dejan develar precisamente en su frenesí la estructura vulgar de sus ánimos. El amor es una cosa más sutil y delicada. Son demasiados los jóvenes que caen en el lazo carnal y consideran asunto de duración la emoción física experimentada en cada encuentro con el ser que la ha provocado. Si la atracción o afinidad de dos cuerpos son capaces de encender unos fuegos, estos se verán pronto condenados a apagarse hasta ser reducidos a cenizas sino están alimentados más que por un voluptuoso deseo, una necesidad de posesión o de abandono. El problema es que muchos toman este frenesí como sincero amor, y este es un error que el destino no perdona y se hace pago con suma fuerte al decidir el porvenir basándose en un impulso sensual.

Un ímpetu pasional de esta clase se acaba pronto, después de su satisfacción. Constituye una lucha contra la verdad en primer lugar y luego contra la honestidad. Quien está deseoso de senos, nalgas y espaldas desnudas engaña con el fin de seducir, se atavía de virtud, finge lo que no es, disimula su verdadero carácter y se hace pasar por lo que no es; hace pasar pues su deseo carnal, su frenesí, por amor. Por otro lado, lo único que le ocupa (¡y preocupa!) es tender trampas, zancadillas, puesto que no pretende más que la envoltura corporal de la persona deseada.

Apenas conseguida la victoria, apenas sonada la trompeta, los cazadores furtivos, los enamorados de uno y otro sexo, se retirarán e irán a tender en otras partes sus reclamos. Si se trata de un hombre, se apartará tan pronto como la mujer se enamore a partir de la entrega sexual de sí. Habrá separación y divergencia después del parto. Un espectáculo de espíritus plebeyos que no saben lo que es amar, porque están acostumbrados a enamorarse.

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