SOBRE EL AMOR DIOSIFICADO Y EL HUMANO
Rubén Patricio Vásquez Sandoval
[1]La presente no pretende de ninguna manera conceptualizar el amor, ni sus fases, ni sus procesos; sería pretender torturar el sentimiento de distintas personas con groseras letras en forma de esquema inquisidor y a manera de un manual de cómo amar, tal ambición es la función de esos dioses de la civilización, que nos prometen una reivindicación, en la vida tras la muerte y que sólo logran despojar de intensidad a este presente, de por sí ya bastante ridículo, y logra además, para quién aún no se ha individualizado por completo - por alguna extraña insania - frustrarlo. Este escrito, sólo pretende un desahogo interior, una concepción subjetiva de amor para dar a conocer y, sí, tratar de mermar en esa moción de amar con fechas, fases, valores y tantos atisbos que sólo aletargan un sentimiento y lo vulgariza; tal vez al único sentir, que nos humaniza positivamente.
No pretendo ser un ente objetivo y superior que pueda decir cuando alguien realmente ama, cuándo alguien realmente está enamorado, y sus diferencias con una atracción o un gusto; y cuándo un querer no es ni uno ni otro de los mencionados anteriormente. Ésta no será una más de las conversaciones que inútil y graciosamente intentan esbozar la fórmula secreta del amor, y termino el preludio citando unos versos de algún poema perdido en la telaraña virtual: Mírame soy humano, no un dios de esos que tanto admiras, soy sólo hombre y nada más. No invirtamos los versos[2] cuando tratamos de decir cómo amar; por favor, esa mangancia no más.
El amor puede iniciar en una mirada, en una tímida presentación, en un sórdido incidente, después de una larga amistad o en desamores que se unen crepuscularmente o de infinitas formas más. Puede iniciar con perfección siniestra, puede iniciar con imperfección alentadora o a la inversa adjetiva, pero cómo puedo pretender desautorizar al amor porque no empezó en una forma preestablecida. El amor puede tener la pureza más escalofriante o el desenfreno más plausible, los amantes pueden darle la forma que quieran y los comentarios descalificadotes serán sólo la constitución de la represión y envidia interna de un determinismo desconocido y contra el cual nunca se luchó.
En un proceso amoroso puede y debe haber locura perpetua, también debe haber una madurez intensa, y ni la madurez ni la locura desacreditan el amor en una simple ilusión o en una burda rutina. Se busca la felicidad de la otra persona, tal vez en una forma de amor elevado, y se busca esta felicidad así sea amputándose de la vida del ser amado. El amor es una intensa lucha entre el odio y la mansedumbre, el amor es un control y una confianza pacificadora o tal vez sea el amor un poema eterno y una lágrima sostenida en la perpetuidad. Y realmente en un amor la compatibilidad se hace incompatibilidad... y mil y un veces más... “y a la inversa”; en estos amores, felizmente humanos, no hay regla de conveniencia, ni regla de tiempo, ni regla de destiempo, no hay regla ideológica, no hay edad establecida, ni momento oportuno; sólo hay canciones, mensajes, más arte, y acciones que lo edifican desde el alma (entiéndase como conjunto de sentimientos de una persona), alguien dijo: el amor no se declara, se prueba.
En el amor puede no haber talento, pero puede haber un exceso en un permiso; puede no haber un poema pero puede haber una sonrisa que cuando es visualizada hace desparecer un día casi completo de desavenencias; puede no haber fidelidad, puede no haber idealización, puede no haber tacto, puede no haber compasión, puede no haber comprensión pero sí habrá un perdón sincero y dilapidador de un amor, digámosle, diosificado, habrá un perdón humano y una reflexión eterna y sellada en los corazones amantes.
Y qué siento por amor: siento que el amor verdadero es esa sensación que marca en tu vida un antes y un después imborrable, siento que el amor es esa capacidad de crearlo una, dos e infinitas veces más... el amor está en la sonrisa de la persona amada, en la forma en que su cuerpo se acopla con el mío, el amor está en cada canción romántica que desesperadamente me escribe su nombre en la dirección que vea o en la imaginación que como mala puerta de escape genero, el amor está en el pensar constante que ineludiblemente me exhorta su figura; en este amor el silencio es mi perfecto testigo. El amor está en sus cartas y en las mías, está en nuestros secretos; en nuestra ira y en nuestra pasión, el amor es su recuerdo melancólico en algún bar, es ese nudo en la garganta al escuchar nuestras melodías.
Mi amor está en donde ella quiere que esté y es lo que ella quieres que sea. El amor es, desde mi perspectiva total e irremediablemente ínfima, el que yo esté aquí invocando su nombre otra vez; recordando cada momento que vivimos y guardándolo como el tesoro más maravilloso de mi vida y siendo a la vez mi válvula de oxígeno para continuar y es el que esté queriendo hacer cada recuerdo suyo, mi presente y mi futuro otra vez.
El único amor, no muere; ni con la muerte misma y aquí me tienen, fiel paladín de esta consigna.[3]
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[1] Este artículo, en cuanto a especificidades, es contexto de un sueño; coincidencias vienen y no.
[2] La inversión quedaría de la siguiente forma: Mírame soy Dios, no uno de esos humanos que tanto desprecio, soy un Dios y mi palabra es la verdad.
[3] Es neurálgico decir que sólo está dicho esto en un grado de elementalidad máxima y que el actuar inconsecuente o consecuente es producto de la ordinaria humanidad que me atraviesa de pies a cabeza.
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