MI CAUSA JUSTA: LA VIDA Y NO LA EUTANASIA

Abraham Follano Huarca (alied_setmeliod@hotmail.com)


Media una considerable distancia entre ser protagonista y estar ajeno a un acto concreto de eutanasia. No es tan fácil tomar una posición certera y acaso correcta ante un eventual caso. El problema atiene a derivaciones médicas, sociológicas, jurídicas, religiosas, filosóficas, etc. Evidentemente un asunto amplio que afecta a todos sin discriminación.

Consecuentemente a mis ideas, asumo una posición contraria a una posible declaración legítima de la eutanasia, de darse una norma que la haga efectiva, pensar en las consecuencias me aterra, la eutanasia en el Perú, sin necesidad de una guerra acabaría con la vida de muchos de sus habitantes.

Después de la Segunda Guerra Mundial, la humanidad, y no sólo los países protagonistas, llegaron a la conclusión de que ninguna idea debiera aceptarse, si ésta tiene por finalidad ir en contra de la vida. Nadie, ni nada bajo ninguna circunstancia, debe decidir sobre la vida de otro, y dado el impacto de las devastadoras consecuencias de esa guerra, hoy la eutanasia se convierte en las cenizas del fuego que consumió a la humanidad en aquella época.

Nadie puede decidir la muerte de otro, pero ¿y que pasa cuando uno mismo, en una situación excepcional voluntariamente desea morir?, la cuestión es difícil.

Para que uno decida morir, primero asumimos que lo hace en uso de su razón; pero, no es acaso con esta misma razón que uno puede buscar un motivo para seguir viviendo, la sola posibilidad de hallar aquél motivo me hace pensar que es mejor no avalar el suicidio de nadie. El suicidio, no da marcha atrás, no se puede revivir a nadie. Hasta el día de hoy la ciencia ni la razón ha llegado a saber si la dimensión espiritual del hombre termina con la muerte.

Además encuentro un motivo mas en la falibilidad de las decisiones humanas, ya que es normal que el hombre se contradiga, y se arrepienta de cosas que decide. (Caso Forrest Gump y su teniente). Ya que nadie puede decidir sobre su vida sin el uso de la razón, creo que solo hace falta tenerla para buscar una manera de felicidad y después darse cuenta de la posible decisión errónea.
Cada día decidimos vivir o morir, cada vez que hacemos deporte y evitamos la enfermedad, alimentándonos bien, nos proponemos inconscientemente vivir más y mejor de manera contradictoria otros por ejemplo fuman y viven en el descuido sabiendo que ello los enfermará y dará menos vida.

Bien, es en uso de su libertad que las personas fuman, y es en uso de su dignidad que uno elige libremente lo que hace. Mejor dicho no es reprochable que uno ejerza su libertad y sea digno de tenerla El problema viene en el hipotético caso en que ésta persona padezca de un terrible cáncer que lo lleve a acabar con su vida mediante la eutanasia, lo que sí me parece reprochable.

En nuestros tiempos “modernos”, no ha de intervenir la moral, para reprimir aquellos actos que nos llevan al mal y nos conducen a una idea equivoca de la felicidad.

Vivir al máximo para muchos les lleva a hacer uso atroz de su libertad, si bien es cierto no haciendo daño a otros, pero si haciéndose daño a uno mismo, tanto daño que un día agonizantes, pedirán morir “dignamente” como si fuesen dueños de su vida. Derivando en la eutanasia.

Vivir al máximo para mí es ser libre también, siempre y cuando no haga daño a los demás ni a mi mismo. No hacer daño sino, hacerme y hacerles bien a los demás, saber que esta vida no me alcanzara para irradiar el bien y la felicidad que Dios quiere para la humanidad, y cuando la vida se me este acabando, sabré que hubiese querido vivir más, entonces entenderé que nunca podré decidir sobre mi vida y que estoy limitado. Cosa que hoy, no pocos se niegan a aceptar.

Aceptar nuestra causa que es la vida, en la medida que es justa solo con Dios quien es su único dueño.


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¡EROTISMO!

Por: Jorge Luis Ardiles
Integrante de Contranatura
Muchos confunden erotismo con pornografía. El otro día mientras conversaba con una amiga, ella me pregunto si me gustaba la literatura, le respondí que sí; en especial la literatura erótica, se lo dije de una manera espontánea, porque en realidad es algo que disfruto leer. Noté que mi respuesta le causo un poco de estupor, se puso algo alarmada, como si le estuviera hablando de algo maligno, o algo prohibido. Luego me hizo otra pregunta, pero de una manera peyorativa, -y porqué lees eso- ; pues en realidad yo no esperaba ese cambio de actitud por parte de una persona, que incluso ha leído más que yo durante su vida de estudiante. Sin duda los prejuicios y tabúes siguen vivos en muchas mentes de nuestra sociedad. Pues sólo una mente prejuiciosa puede entender el término erotismo de una manera tan errónea.

Hay muchas obras literarias que se refieren al placer sexual. Estas obras para ser llamadas literatura erótica han tenido que alcanzar un determinado coeficiente estético, sin embargo, la pornografía se queda por debajo de ese coeficiente estético; por eso no es considerado arte. Para Mario Vargas Llosa, lo erótico consiste en dotar al acto sexual de un decorado, de una teatralidad para, sin escamotear el placer y el sexo, añadirle una dimensión artística, esto quiere decir que el erotismo es un enriquecimiento del acto sexual y de todo lo que le rodea gracias a la cultura y a la forma estética que le dan los artistas. Hay artistas que tildan a la pornografía como el intento de ensuciar el erotismo. Oscar Wilde decía que la pornografía es el erotismo de los demás. Para Alexandrian, la pornografía es la descripción pura y simple de los placeres carnales; el erotismo es la misma descripción revalorizada, en función de una idea del amor o de la vida social.

Muchas obras literarias con contenido erótico han sido duramente criticadas en el tiempo. Claro ejemplo tenemos al amante de Lady Chatterley (1928), de David Lawrence, quién reclamaba una libertad y naturalidad al sexo, porque estaban reñidos con los prejuicios religiosos y sociales de su época. Su obra estuvo prohibida hasta el año de 1960 como obsceno y pornográfico. La Historia Del Ojo, de Georges Bataille, obra con gran audacia en realidad; también fue duramente criticada. La Vida Sexual de Catherine Millet es otra obra que, sin ser erótica a sido criticada como obscena, siendo en realidad una obra interesante, pues es una autopsia de la vida intima de la autora, en su obra ella cuenta con total desenvoltura la historia de una sexualidad desenfrenada; siendo sorprendente la frialdad con que ella expone esa experiencia.

El apogeo de la literatura erótica fue en el siglo XVIII. En ese siglo se dieron los grandes libros eróticos, estos libros acarrearon muchas críticas, cosa que hoy se ha perdido. Los textos eróticos de la actualidad ya no tienen que cargar con ese peso llamado crítica o ser censurados como antes. Escribir literatura erótica en esos tiempos era algo así como un acto de rebeldía o un desafío a lo establecido, al poder o a la iglesia. Pero esto no quiere decir que la literatura erótica que se escribía, era una exaltación al placer sexual, sino, es una mezcla de lo sexual con lo intelectual y lo artístico. Lo que exigían estos autores con sus obras, era exactamente, un mundo mejor, más libre, más autentico y menos hipócrita. El erotismo fue entonces un medio para liberarse de las iglesias, o sea, de los prejuicios y tabúes.

Para Mario Vargas Llosa, la tradición erótica, presupone un elevado nivel de civilización; eso es cierto, porque como podría vivir el erotismo en las culturas muy represivas y reprimidas, el erotismo no se da, ni es de las sociedades primitivas; pues se requiere una evolución en la persona misma y conciencia de la libertad que tenemos como humanos, si esto no es así, entonces el efecto escandaloso nunca desaparecerá de nuestras mentes.

Hoy, muchos escritores afirman que el erotismo ya no es tomado en el peor sentido de la palabra. Yo creo que aún persisten esos juicios sin conocimiento, ni fundamentos; y no solo con el termino erotismo, sino con muchos otros términos, quizá no con la misma intensidad con que se dio en los siglos pasados. Por ejemplo la palabra “Contranatura” (palabra con varias significaciones), nombre del grupo de estudios, que integro, causo cierto escándalo en nuestra facultad, tanto ha alumnos como docentes. Como olvidar la expresión de asombro de una docente X, cuando le respondimos que el nombre de nuestro grupo es contranatura, al instante lo tildo de obsceno; y ¿Por qué? De hecho que la docente tomo el nombre, en el peor sentido de la palabra, de seguro el sexual.
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DERECHO A LA LIBERTAD

Por: Jhon Eber Cusi Rimache

El derecho a la libertad es un derecho natural de la persona. Gracias a nuestra libertad podemos realizarnos con plenitud en aras de vivir y participar de manera activa en beneficio de la sociedad.

La libertad puede entenderse como la capacidad de elegir entre el bien y el mal responsablemente. Esta responsabilidad implica conocer lo bueno o lo malo de las cosas y proceder de acuerdo a nuestra conciencia; pero la libertad no es absoluta. El hombre no dispone de una posibilidad absoluta de elegir: no es posible elegir en contra de lo que disponen las leyes de la naturaleza, ni es admisible ejercer una supuesta libertad en perjuicio de otros.

Toda decisión se enfrenta a la consideración de lo bueno y lo malo, del beneficio o perjuicio de una acción. Si no se realiza este juicio se puede incurrir con facilidad en un error, pues se hace un uso irresponsable de la libertad. Al igual que en otros aspectos de nuestra vida, el abuso se convierte en un actuar conforme a nuestros impulsos, sin reconocer barreras, límites (morales o éticos); es decir, se convierte en libertinaje.

El mal uso o abuso de este derecho, siempre tendrá repercusiones en nuestros semejantes. Es inconcebible pensar que nuestro proceder es independientes y único; sencillamente no podemos obrar como si fuéramos los únicos en el mundo o imponer normas a las personas que nos rodean: si por alguna razón alguien con autoridad o poder de cualquier índole afecta abusando “libremente” en perjuicio del prójimo, está olvidando las bases y principios que le han otorgado esas capacidades para el servicio, bienestar y desarrollo de los demás. Tal es la magnitud de la libertad, que ni Dios la condiciona o restringe como en el “Caso de Adán” (Juan Carlos Valdivia), pues forma parte de nuestra naturaleza. Sus mandamientos son una guía con la cual se puede ser más humano, nada parecido a un condicionamiento, pues se nota en las acciones que todos tenemos la capacidad de aceptar o rechazar lo propuesto, de asumirlo con alegría o rechazarlo abiertamente, haciendo lo que mejor nos parece.

Reflexionar en la libertad es una oportunidad para considerar lo que tenemos, una ocasión para ver cómo lo aprovechamos o desperdiciamos, un momento para mirar lo que hemos hecho y dejado de hacer. Vivir libremente es respetar y, al mismo tiempo, decidir. En suma, es ejercer un derecho.
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NIETZSCHE Y MARX: ÉTICA Y POLÍTICA

Por: Roger Vilca Apaza (el_espectador2006@hotmail.com)

En el fondo de mi habitación hay un imponente cuadro que sostiene, para mi gusto, la imagen de un apuesto y fino señor que fuera considerado por el mundo, según me lo hizo saber mi profesor de sociología tiempo ha, el pensador más grande de los últimos tiempos; más precisamente, del segundo milenio. Está pintado en blanco y negro con trazos suaves y finos (una auténtica fotografía). Empotrado en la pared de mi cuarto desde hace más de un quinquenio, Karl Marx es Carlos Marx para mí. A mis 15 años tuve ocasión de conocerle en el colegio, a través de las sesiones del curso de historia universal. Ni bien me enteré que sus obras eran, en síntesis, un programa para organizar a la clase proletaria en aras de la revolución, o lo que es lo mismo, de su liberación, me cayó simpatiquísimo, como calzoncillo nuevo a la medida. Siempre que me hablaban de él me lo imaginaba como a un Cristo empachado haciendo política; desgarrado y afligido por la miserable situación en la que veía vivir a esa recua de obreros por los que sacó la cara… y los pensamientos.

Una covacha carente de los servicios que llaman básicos, una madre deambulando con sus golosinas y sus llantos, un padre albañil en constante espera de cachuelos y alegrías, unos profesores con viejos rencores y constantes huelgas, un poco de envidia reprimida y un mucho de sueños frustrados, resolvieron, sin que tenga clara conciencia de ello, mi franca adhesión a su agitador programa.

En aquella época, yo, hecho todo un prosélito marxista (nada más que en el sentido emocional de la palabra por si acaso), tenía a la política como mi inexorable destino. Eso era el señor Marx para mí, ni más ni menos que actitud política; es decir, interés por acomodar el mundo al gusto de los que vivimos oprimidos ahora. Cada que me doy una vuelta por mi covacha apostada en ese complejo de pueblos jóvenes sin agua potable a la mano (que conocemos como Cono Norte), le recuerdo clarito. Hacen falta tantas cosas, tantas cosas. Pero ahora, cada que le leo, sonrío para mis adentros. Le recuerdo sumamente ocioso, no haciendo otra cosa que leer y pensar, hablando del trabajo, él, él que nunca supo lo que es trabajar y que siempre vivió mantenido y a expensas de sus amigos. Me lo figuro hablando de la triste situación de los obreros, él, que se dedicaba a despilfarrar el dinero que se le proveía y que nunca trabó amistad con uno sólo de los obreros.

Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana es el rótulo simplón de un libro viejo y sucio que, azuzado por mi engatusador marxismo, adquirí en uno de esos lugares informalísimos que conocemos como cachina. No olvido que después de un intenso y fracasado regateo resolví comprarlo por la franca adhesión que me causaron las seductoras advertencias que el autor, don José Carlos Mariátegui, hizo prosperar ante mí, tacaño e iluso lector: “Mi trabajo se desenvuelve según el querer de Nietzsche, que no amaba al autor contraído a la producción intencional, deliberada, de un libro, sino a aquél cuyos pensamientos formaban un libro espontánea e inadvertidamente. Muchos proyectos de libro visitan mi vigilia: pero sé por anticipado que sólo realizaré los que un imperioso mandato vital me ordene. Mi pensamiento y mi vida constituyen una sola cosa, un único proceso. Y si algún mérito espero y reclamo que me sea reconocido es el de –también conforme a un principio de Nietzsche– meter toda mi sangre en mis ideas.”
¿Quién es este tal Nietzsche al que, en lo más fundamental, se remite nada menos que un señor al que tengo por auténtico marxista y camarada mío? Tal fue la hermosa inquietud que me asaltó en el primer momento. En plena búsqueda me dijeron que el señor Nietzsche fue en teoría lo que el señor Hitler en la práctica. Según se me informó aquella vez, Nietzsche era algo así como el forjador de un evangelio de la delincuencia y el crimen. Un hacedor de reos. Con su frente amplia, sus ojos hundidos, sus menudas orejas y su bigote de brocha, me lo imaginaba como al patrón eventual de mi padre: colérico, renegón, amargado. Hoy, pasado el tiempo, le tengo como el más grande justificador de conductas. Ahora sé que lo único que le vincula al señor Hitler es Alemania, pero nada más. Ahora sé que la diferencia que hubo entre ellos es la misma que hay entre la vida y la muerte, entre el lobo y la oveja negra. A tiempo de conocerle pues he de confesar que me arrimé a su violenta filosofía, sencillamente porque él me significaba una perfecta excusa (la más perfecta, la más razonable) para dar rienda suelta a mis bajos (y altos) instintos. Hoy, si el señor Marx significa para mí actitud política, el señor Nietzsche –más bravío y malcriado que el anterior–, es actitud ética. Si el primero es independencia, el segundo es libertad.
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