LOS INFELICES
La carne humana me gusta desde la vez en que, como todos los domingos, comía donde doña Lucha; ah caray, esto pertenece a otro cuento que aún no termino de comer, digo, de escribir.
Era como naufragar en el lago y nunca alcanzar la orilla, una orilla, una orilla…caminaba a casa, jodido.
I
En el asentamiento humano Villa Amapola no se necesita mucho para ser feliz, hay un caño común para los quinientos invasores, pero sobretodo para el polvo y el sol de medio día. El tiempo sobra en este lugar olvidado del mundo; pues nadie estudia ni trabaja. Que cómo sobreviven, pregúnteles a ellos pues y ya déjeme continuar mi cuento que va quedando bonito.
El tiempo sobra, así que puedes dedicarte a criar perros. Carlucho, mi hermano menor menor, tenía uno, Ryan, en honor a una película que vimos que vendían en la feria de los domingos, Ryan era como una bolita de pelos negros, tanosos y otra vez negros; muy pequeño y no tenía raza, creo que era más pelo que hueso y pellejo. Cuando corría, en realidad levitaba, el viento parecía levantarlo y daba la sensación de correr en el aire.
Comía muy poco, lo cual era una virtud en este lugar de hambre. Carlucho quería ser veterinario, todavía no podíamos decirle que en la Villa no había espacio para sueños.
Un día encontramos a Ryan muerto, bien muerto y atropellado. Carlucho era la personificación de la tragedia, subió a la cima de la invasión y desde ahí empezó a gritar, no lloró, emitió ruidos guturales, no lloró, grito horribles.
No fue fácil consolarlo, pero ayudó el dar cristiana sepultura a Ryan en el huerto, pues nos creyó que renacería en las plantas, y para nuestra sorpresa, apareció de pronto un cedro, creció enorme y, a ratos, cuando hacía viento, parecía correr como Ryan en el aire.
II
Como todos los días, días de hambre, Luchín llegó con cuatro perros bebés, nunca nos dijo de dónde salieron. Que así se llamaban mis hermanitos: Carlucho y Luchín, mi madre: Abstenencia, y yo, yo mi nombre no lo voy a decir por pena. Teníamos que regalarlos o mi madre les daría vuelta, ¿Comprenden? Así que en Villa Amapola iniciamos la cruzada para encontrarles un hogar a los perrunos, al fin Doña Lucha nos recibió dos, muy a pesar de estar seguros que tarde o temprano los cocinaría la vieja endémica.
Mi madre tuvo que aceptar a los otros para felicidad de Luchín, quien sería el dueño, pues Carlucho, tenía suerte de perros para los perros.
Wanda y Thomas les puso Luchín; ella con el tiempo creció enorme, robusta, Thomas a su vez, se quedó flaco y escuálido. A pesar de todo lo que comían, había espacio para ellos en casa. Lo único especial es que ladraban todo el día, de puro placer o para fregar.
Luchín era muy bueno jugando a las bolitas, se iba toda la mañana al arenal, ganaba las que podía a los niños de la Villa Amapola y luego las intercambiaba donde el señor de la tienda por dos o tres panes para sus perros, era su forma de hacer patria en esta tierra de nadie.
De pronto, Luchín notó que Wanda engordaba sobremanera, “mamá mamá Wanda está embarazada” gritaba extasiado, casi como que los hijos fueran a ser suyos. Cuando nacieron, mis hermanitos estaban fuera de casa; mi madre tomó una enorme bolsa que decía plaza vea y fue donde Wanda, examinaba a los bebés uno a uno y en ese orden los metió en esa bolsa, excepto por uno; nunca más volví a ver aquella bolsa, todo el rato quedé callado, silencioso, cómplice. Al volver, no sé de dónde, Luchín observó maravillado al único sobreviviente, se lo mostró a mi madre y esta le dijo que era machito, Tiny, te llamarás Tiny, dijo Luchín. Con el tiempo Wanda, también inconsultamente, despareció.
III
Tiny era coqueto, como todos los perros pequeños, juguetón, hay que decirlo otra vez, coqueto, la niña de los ojos de Luchín y Carlucho, convivían todo el tiempo, Tiny parecía hablarles, contarles su vida a ladridos.
Súbitamente nos dimos cuenta que Tiny no era tan Tiny, sus rasgos femeninos resaltaban, su mirada risueña, así que con el riesgo de ocasionarle un transtorno de personalidad lo rebautizamos como Tyna, si pues, era nena.
Yo no sabía como llamarle, ya me había acostumbrado a Tiny, así que seguí llamándola así y, como era de esperar, mi madre lamentaba que Tiny ahora fuese Tyna.
Los días eran soleados en la Villa Amapola, las noches eran crudas, en ningún momento podías sentirte cómodo con el ambiente y toda la culpa no es del sol o de la luna lunera, sucede que aquí no hay nada, eso es todo. Pero yo tenía algo, tenía a mi Rita, mi andina y dulce Rita, me la llevaba, cada vez que podía, al lago, nos bañábamos calatitos y cuando la tarde florecía comíamos los camotes ahumados que me cocinaba cada vez que nos secuestrábamos. Ah, en la Villa Amapola yo lo tenía todo.
Pero mi Rita me cambió por el hijo del presidente de la Villa, ¿Y yo dónde quedaba? Como nunca, después de eso la Villa Amapola me pareció más vacía y miserable.
Era como naufragar en el lago y nunca alcanzar la orilla, una orilla, una orilla…caminaba a casa, jodido.
“Hermanito, hermanito mira lo que le han hecho”, gritaba Luchín entre sollozos. Al mostrarme a Tiny o Tyna, la cara se me llenó de espanto, tenía la piernita izquierda destrozada, salió a la calle sin que nadie lo notara, inocente, un auto la atropelló, y el infeliz no reparó en quedarse y atenderla, continuó su trayecto, ni se inmutó mientras las perrita se retorcía de dolor en el suelo, la llevaron a casa, Carlucho dijo que cuando sea veterinario la curaría, ambos estaban inconsolables, y yo, ya me había olvidado de Rita.
Joel Huillca "El estenografo"

9 comentarios:
Aburrido.
2 de enero de 2010 a las 8:17me gusta, pero para ser sinceros, el final se ve algo simple. Como el chiste de Roger en las primeras horas de este año (sí, ese del clavadista), que hubiera sido mejor que no cuente el final, jaja.
2 de enero de 2010 a las 12:02Bien Joel
R.V.S.
La forma tan humildee y graciosa como emmieza el cuento me atrapo desde un inicio... te hace leerlo hasta el final, y aunque no me gusto que se olvide de Rita, la Villa Amapola es un lugar que me gustaría visitar...
3 de enero de 2010 a las 9:28“mamá mamá Wanda está embarazada” gritaba extasiado, casi como que los hijos fueran a ser suyos.
3 de enero de 2010 a las 9:32Me quedo con esta parte que entre muchas otras me hicieron reir...
buen debut, eso que hace falta tanto en la sociedad moderna sobraba en la villla amapola, el tiempo... la villa amapola me recuerda al lote abandonado de roger, a ese polvo que te hace pensar en la ciudad... a lli vi los perros pero no vi al infeliz que tuvo la tirania de darseee eçuna vuelta por la villaaaaa
3 de enero de 2010 a las 11:35villa amapola, villa amapola
CREOOO QUE QUEDA UN SABOR MEDIO AMARGO, COMO QUE EL INICIO LE GANO EL FINAAL, HAY QUE RECOCOERLO, EL COMIENZO FUE DEMASIADO GRANDE PARA EL FINAL, LA IRRUPCION DE RITA NO ENCAJA DEL TODO, Y DE LO MENOS QUE SE HABLO FUE DE LOS INFELICES, PERO LA MANERA TAN CERCANA DE ACERCANOS AL CUWENTO ES GENIAL, PARECE QUE NOS LO ESTUVIERAN LEYENDO AL OIDO
3 de enero de 2010 a las 11:42buenaaaaaaa ta locazoooo
3 de enero de 2010 a las 13:02bien trsite cxvereeeeee
El cuento esta muy bueno y la foto es muy buena, es de la pelicula amores perrosss, muy buena mtambien
3 de enero de 2010 a las 13:32El Cono Norte de la ciudad es la patria de mi lote; de mi lote ya formalizado por los magos de COFOPRI... El himno de mi patria lo es cualquier canción que se te ocurra mientras sientes el polvo embistiendo los agujeros de tu naríz... Allí me siento un poco más ciudadano que en cualquier otro sitio. Como todo nos falta y nada nos sobra, aunque ya me estoy aburriendo, nos vemos compelidos a reunirnos en el local folclórico del AUPA para decidir una marcha de protesta y caminar por las calles bajo los rayos inclementes del sol (preparándonos para recibir prontamente al cáncer de piel), mientras somos secundados, sin más, por un contingente de incólumes y verdeoscuros polícías que, cual ovejas miedosas, nos arrean y nos dictan el sendero... el sendero que nos devolverá a nuestros lotes...
3 de enero de 2010 a las 14:12Si te dan ganas de ser marxista (del pelaje que sea, no importa) pero no puedes por más que lo intentas de verdad, te recomiendo visitar periódicamente los recovecos de este conglomerado de pueblos jóvenes que la geografía ha hecho posible llamar, una vez más, Cono Norte...
Todo esto a propósito de la Villa Amapola, la tierra donde el tiempo sobra... y Rita ya no está...
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