NIETZSCHE Y MARX: ÉTICA Y POLÍTICA
En el fondo de mi habitación hay un imponente cuadro que sostiene, para mi gusto, la imagen de un apuesto y fino señor que fuera considerado por el mundo, según me lo hizo saber mi profesor de sociología tiempo ha, el pensador más grande de los últimos tiempos; más precisamente, del segundo milenio. Está pintado en blanco y negro con trazos suaves y finos (una auténtica fotografía). Empotrado en la pared de mi cuarto desde hace más de un quinquenio, Karl Marx es Carlos Marx para mí. A mis 15 años tuve ocasión de conocerle en el colegio, a través de las sesiones del curso de historia universal. Ni bien me enteré que sus obras eran, en síntesis, un programa para organizar a la clase proletaria en aras de la revolución, o lo que es lo mismo, de su liberación, me cayó simpatiquísimo, como calzoncillo nuevo a la medida. Siempre que me hablaban de él me lo imaginaba como a un Cristo empachado haciendo política; desgarrado y afligido por la miserable situación en la que veía vivir a esa recua de obreros por los que sacó la cara… y los pensamientos.
Una covacha carente de los servicios que llaman básicos, una madre deambulando con sus golosinas y sus llantos, un padre albañil en constante espera de cachuelos y alegrías, unos profesores con viejos rencores y constantes huelgas, un poco de envidia reprimida y un mucho de sueños frustrados, resolvieron, sin que tenga clara conciencia de ello, mi franca adhesión a su agitador programa.
En aquella época, yo, hecho todo un prosélito marxista (nada más que en el sentido emocional de la palabra por si acaso), tenía a la política como mi inexorable destino. Eso era el señor Marx para mí, ni más ni menos que actitud política; es decir, interés por acomodar el mundo al gusto de los que vivimos oprimidos ahora. Cada que me doy una vuelta por mi covacha apostada en ese complejo de pueblos jóvenes sin agua potable a la mano (que conocemos como Cono Norte), le recuerdo clarito. Hacen falta tantas cosas, tantas cosas. Pero ahora, cada que le leo, sonrío para mis adentros. Le recuerdo sumamente ocioso, no haciendo otra cosa que leer y pensar, hablando del trabajo, él, él que nunca supo lo que es trabajar y que siempre vivió mantenido y a expensas de sus amigos. Me lo figuro hablando de la triste situación de los obreros, él, que se dedicaba a despilfarrar el dinero que se le proveía y que nunca trabó amistad con uno sólo de los obreros.
Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana es el rótulo simplón de un libro viejo y sucio que, azuzado por mi engatusador marxismo, adquirí en uno de esos lugares informalísimos que conocemos como cachina. No olvido que después de un intenso y fracasado regateo resolví comprarlo por la franca adhesión que me causaron las seductoras advertencias que el autor, don José Carlos Mariátegui, hizo prosperar ante mí, tacaño e iluso lector: “Mi trabajo se desenvuelve según el querer de Nietzsche, que no amaba al autor contraído a la producción intencional, deliberada, de un libro, sino a aquél cuyos pensamientos formaban un libro espontánea e inadvertidamente. Muchos proyectos de libro visitan mi vigilia: pero sé por anticipado que sólo realizaré los que un imperioso mandato vital me ordene. Mi pensamiento y mi vida constituyen una sola cosa, un único proceso. Y si algún mérito espero y reclamo que me sea reconocido es el de –también conforme a un principio de Nietzsche– meter toda mi sangre en mis ideas.”
¿Quién es este tal Nietzsche al que, en lo más fundamental, se remite nada menos que un señor al que tengo por auténtico marxista y camarada mío? Tal fue la hermosa inquietud que me asaltó en el primer momento. En plena búsqueda me dijeron que el señor Nietzsche fue en teoría lo que el señor Hitler en la práctica. Según se me informó aquella vez, Nietzsche era algo así como el forjador de un evangelio de la delincuencia y el crimen. Un hacedor de reos. Con su frente amplia, sus ojos hundidos, sus menudas orejas y su bigote de brocha, me lo imaginaba como al patrón eventual de mi padre: colérico, renegón, amargado. Hoy, pasado el tiempo, le tengo como el más grande justificador de conductas. Ahora sé que lo único que le vincula al señor Hitler es Alemania, pero nada más. Ahora sé que la diferencia que hubo entre ellos es la misma que hay entre la vida y la muerte, entre el lobo y la oveja negra. A tiempo de conocerle pues he de confesar que me arrimé a su violenta filosofía, sencillamente porque él me significaba una perfecta excusa (la más perfecta, la más razonable) para dar rienda suelta a mis bajos (y altos) instintos. Hoy, si el señor Marx significa para mí actitud política, el señor Nietzsche –más bravío y malcriado que el anterior–, es actitud ética. Si el primero es independencia, el segundo es libertad.
3 comentarios:
Uhmmmm
8 de abril de 2009 a las 19:36Cuñao no me queda claro, eres o no eres un perro comunista? no me decepciones. esta bien que seas radical con los profes en la facu pero que de ahi seas rojo seria una desepciom. yano necesitamos rojos senderistas
19 de agosto de 2009 a las 7:45oveja negra
Otra vez... Uhmmm!
26 de septiembre de 2009 a las 16:25Publicar un comentario